cuando era chiquita hacía papel reciclado. no sé de dónde lo aprendí o cuándo aprendía a hacerlo, pero buscaba información en libros, miraba programas de tele y perfeccionaba el método. juntaba hojas mal impresas, o dibujadas, y las licuaba en la licuadora con mucha agua. después colaba la pulpa con mi mini marco de mosquitero. preparaba bolsas cortadas al medio y las extendía en la mesa don de después daba vuelta el marco con la pulpa para aplastarlo y formar el papel. a algunas les ponía pedazos de papel manteca de colores que guardaba de cuando adornaban con esos las bolsas de compras. a otras les ponía hilos de colores.
agarraba todas las bolsas con la capa de pulpa pegada y las apilaba una arriba de la otra. las ponía en el piso y les apoyaba libros encima. me paraba arriba. hacía peso. no tenia una prensa. soñaba con una prensa. y una fábrica de papel.
hoy encontré una bolsa de más de 50 hojas hechas por esa nena de 12 años.
y debo decir que algunas están bastante bien terminadas. y que las más lindas se las habrá llevado alguna cartita del momento.






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Pienso y corro para pensar luego sobre el teclado amarillento. respiro y respiro más hondo, para ahuyentar la molestia. Pican, pican, pican las piernas. Recordando el tiempo que pasó desde que picaron antes. Van más lento, sin prisa. El aire ya está más fresco. Los olores son distintos. Hay perfumes invernales, recuerdos del sur. El sabor del pino. El crujido de las hojas que todavía siguen cayendo. Y pienso y pienso.

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Uno se ata los cordones, respira. Mira para arriba y el costado, se corre el pelo de la cara, si es largo lo alinea de alguna manera que no vuelva a taparle la visión, que no haga de parabrisas descontrolado. Que no pique. Es sabido que se va a desatar y picar. Manos arriba, manos abajo, al costado, flexión, estiramos los hombros dándoles vuelta a los brazos. saltiqueamos, programación de reloj para los más controladores, beep beep.
Start.
Se manda. El camino es una idea que todavía no está decidida, hay que ver cómo responde el cuerpo, la cabeza. Tantas cosas que uno ni piensa cuando da el primer paso. Muchos van con música, se largan con un ritmos consistente y marcado, otros siguen el compás de alguna canción menos movediza, pero más a su gusto. Algunos prefieren el sonido de su respiración. Los que empezamos con música, la apagamos. La cabeza va deribando a lugares que nos requieren más concentrados. Nos encuentra pensando lo que no pensábamos.
Nos chocamos con conocidos en el camino, compañeros. Momentos sincronizados con quienes antes nos eran desconocidos, que al seguir nuestro ritmo por un par de kilómetros cruzan con nuestra senda y son nuestros grandes compañeros de ruta. El ritmo se comparte al igual que las subidas y las bajadas. Y cuántas súbidas y cuántas más bajadas.
Qué difíciles se hacen. anticipan un gran esfuerzo, para volver a las alturas de las sendas que buscamos, que pensamos e imaginamos. Bajadas que nos son completamente necesarias, y que muchas veces son la razón por la cual agarramos la súbida con tanta determinación, en pique.
El camino se va aclarando, se van percibiendo los pasos de cada etapa del recorrido y las marcas que van dejando cuenta del trayecto recorrido.
Dolor, cansancio, pinchazos. Respiración profunda.
A lo largo del trayecto la cabeza explota. lo que puede ser una idea normal muta para transformarse en algo inpensado. la música que escuchamos suena distinto. La respiración lo acompaña. Los pensamientos llegan a ser perturbadores, acompañan los dolores, se aclaran.
(to be continued…)
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